Aquel día estaba contento

Aquel día estaba contento. Salió de casa cojeando y con el ojo morado, las dos palizas de su padre habían sido tan seguidas que no le había dado tiempo a curarse del todo. Cogió la bicicleta y procuró pedalear con la mayor normalidad. En la calle principal se juntó con Carlo, el hijo del panadero y salvo catástrofe, su mejor amigo. Carlo le miró severo y, sin decir nada, continuaron su camino.

Entraron en clase bajo los murmullos de los compañeros que sabían de sobre de su realidad sin hacer nada por apoyarle. Observaban desde un discreto segundo plano. El profesor le regañó por llegar tan justo y obvió el ojo, la cojera y minó su dignidad. Nunca estuvo demasiado comprometido con la educación o sus alumnos y no pensaba empezar ahora que le quedaba tan poco para jubilarse.

El día fue largo y tedioso, de esos días pesados que se estancan y te ahogan poco a poco, pero aquel día estaba contento. Sonó el timbre que daba fin a la jornada y todos salieron con prisa. Cogió su bici y se despidió de Carlo, que los martes tenía prisa pues tenía que ayudar a su padre con el pedido. Se dispuso a andar cuando María se interpuso en su camino. La cara seria le miraba con calma. Se acercó a él y tocó el ojo morado.

Aquel día, aquel doloroso, largo, tedioso, injusto y estancado día fue el mejor que había vivido Martín en su vida. Aquel día estaba contento. Aquel día María le besó por primera vez.